¿Qué significa el derecho a la salud para una mujer que vive en la alta montaña, en una comunidad indígena de Catamarca o en un paraje rural donde el centro de salud más cercano queda a varias horas de viaje? ¿Cómo se ejerce un derecho cuando el territorio, las distancias, la sobrecarga de las tareas de cuidado y la violencia institucional se convierten en obstáculos cotidianos?

Hace décadas que entendemos la salud como mucho más que la ausencia de enfermedad. La salud implica bienestar físico, mental y social. Pero para que ese derecho sea verdaderamente integral también necesita ser pensado desde los territorios, reconociendo las desigualdades concretas que atraviesan la vida de las mujeres y condicionan el acceso efectivo a la salud, incluidos los derechos sexuales y (no) reproductivos.
Con esa convicción, la localidad de Entre Ríos, en la provincia de Catamarca, fue escenario del encuentro «Mujeres, salud y cuerpos en el territorio», una jornada impulsada en el marco del programa Rodando Derechos, junto a la iniciativa Cuerpos y Libertades y la Guardia Feminista de Abogadas de Católicas por el Derecho a Decidir Argentina.



Hasta allí llegaron mujeres de San Antonio del Cajón, Andalhuala, Yape, Agua Amarilla, El Desmonte y otras comunidades campesinas, rurales e indígenas de los Valles Calchaquíes. Para muchas de ellas, participar implicó recorrer largas distancias desde territorios de difícil acceso.
«Todo ese recorrido se hizo gracias a las municipalidades y a las y los profesionales que nos acompañaron para poder acercar a las mujeres que viven en territorios muy hostiles y difíciles», cuenta Lorena Monroy, lideresa indígena y articuladora territorial.
Durante la jornada hubo controles ginecológicos, consultas de salud sexual y reproductiva, consejerías, gestión menstrual y espacios para facilitar turnos y acompañamientos. Pero, sobre todo, hubo tiempo para conversar.

En la capilla de Entre Ríos circularon preguntas, experiencias, dudas y saberes. A través de rondas de charla y dinámicas participativas, muchas mujeres pudieron hablar por primera vez sobre temas históricamente silenciados.
«Cuesta soltarse, sobre todo cuando hablamos de salud sexual y reproductiva», explica Lorena. «El acceso a la salud dentro de los territorios campesinos e indígenas es muy difícil. Pudimos conseguir turnos y pensar cómo acompañar a las mujeres para que hagan el circuito de atención. Lo que estamos viendo es una epidemia de cáncer de cuello de útero y de mama en estos territorios. Siempre primero está el cuidado de las y los hijos, de los animales, de la familia, gestionar la comida. Los cuerpos propios y las enfermedades quedan para el final.»
La jornada también puso en evidencia el valor de las redes comunitarias y de la articulación entre organizaciones, instituciones públicas y profesionales comprometidas con una perspectiva de derechos. Participaron el Ministerio de Salud de Catamarca; profesionales de obstetricia de la provincia; integrantes de la Pasantía Indígena Rural de Amaicha, entre ellas la médica indígena y docente de la Universidad Nacional de Tucumán, Eugenia Nele Quinteros, junto a estudiantes de Medicina de la Universidad Nacional de La Plata. También acompañaron las diputadas Natalia Ponferrada, Yanina Luna y María de los Ángeles Herr.
Sin embargo, quizás el resultado más importante del encuentro no pueda medirse en la cantidad de consultas realizadas. «Acá las mujeres no se encuentran de esta manera», dice Lorena. «No hablan de las cosas comunitarias que les vienen pasando. Son quebradas donde geográficamente es muy difícil encontrarse. Poder reunirnos desde nuestros cuerpos, escucharnos, abrazarnos, sentirnos… también llorar. Hubo mujeres que compartieron su experiencia con el cáncer. Pudimos abrazarlas. Eso nos trae este tipo de encuentros.»





En esos intercambios también aparecieron los saberes ancestrales. Las mujeres de la alta montaña llegaron con sus yuyos medicinales para compartir cómo los utilizan y para dialogar con los equipos de salud desde un reconocimiento mutuo de conocimientos y experiencias.
Hablar de salud sexual y reproductiva en estos territorios sigue siendo un desafío atravesado por prejuicios, silencios y experiencias de violencia institucional que muchas veces desalientan las consultas. Por eso, construir confianza también es una forma de garantizar derechos.
«Las mujeres se fueron felices», recuerda Lorena. «Vivieron la posibilidad de charlar, reírnos, abrazarnos. Eso también es salud.»
Porque cuando el derecho a la salud se hace realidad en los territorios, deja de ser solamente una prestación médica. Se convierte en escucha, en encuentro, en comunidad y en la posibilidad concreta de que ninguna mujer tenga que elegir entre cuidar a las demás o cuidar de sí misma.


