El 4 de junio, La Piojera fue escenario de la primera presentación en vivo del Cancionero Feminista, resultado de un proceso de creación colectiva que reunió a músicas cordobesas impulsadas por Católicas por el Derecho a Decidir e Incidencia Feminista. En el marco del camino hacia el 39° Encuentro Plurinacional, la propuesta trasciende lo musical para convertirse en una forma de encuentro, creación y acción política desde la cultura.

Mientras en la sala principal de La Piojera empiezan a llegar las primeras personas, en un cuarto pequeño tres mujeres vuelven a cantar una canción que ya conocen de memoria. Revisan una entrada, una respiración, una palabra. Es jueves 4 de junio. Horas antes, muchas de ellas marcharon en una nueva movilización de Ni Una Menos. El reciente femicidio de Agostina todavía atraviesa los abrazos, las conversaciones y el silencio de quienes esperan detrás del escenario. Afuera, el público comienza a llenar la sala. Adentro todavía no hay función. Antes que espectáculo, el Cancionero Feminista vuelve a ser lo que fue desde el comienzo: mujeres reunidas alrededor de una canción.
Mucho antes del primer acorde
«Las canciones fueron apareciendo a medida que nos fuimos encontrando», recuerda Lucre Ortiz, música, cantora y pianista, durante la entrevista colectiva realizada días después de la presentación. Esa idea atraviesa toda la experiencia. El Cancionero Feminista no nació primero como un EP de tres canciones ni como un recital. Nació como un espacio de encuentro entre músicas, compositoras, activistas y trabajadoras de la cultura que, durante meses, compartieron talleres, clínicas de composición, ensayos, horas de grabación y conversaciones para preguntarse qué historias necesitaban ser cantadas y cómo construirlas.
Las respuestas fueron tomando formas muy distintas. Algunas llegaron en una chacarera, otras en una murga o una cumbia. Otras, simplemente, aparecieron en los vínculos que comenzaron a construirse entre mujeres que hasta entonces no se conocían.


«Me sentí muy acompañada por las compas en cada etapa de ensayo, producción y grabación. Compartir con músicas de ese nivel y humanidad estuvo muy bueno», cuenta Paz Aravena, otra de las músicas que participa activamente en este proyecto. Su experiencia dialoga con una idea que aparece una y otra vez cuando las músicas reconstruyen el proceso: casi ninguna empieza hablando de las canciones. Empiezan hablando de las personas.
Norma Aguirre es una de ellas. Su recorrido dentro del feminismo comenzó hace años, después de atravesar situaciones que marcaron profundamente su vida. Hoy, al mirar hacia atrás, dice que sabe que no se equivocó en el camino elegido. En La Piojera le tocó cantar Cicatriz. La emoción con la que recuerda ese momento parece decir mucho más que cualquier explicación sobre el vínculo entre una canción y una historia de vida.



El proceso también permitió que generaciones muy distintas compartieran un mismo espacio creativo. Músicas con décadas de trayectoria trabajaron junto a artistas jóvenes provenientes del folklore, el rap, la murga, el cuarteto, el tango o el pop.
Yamila Almaraz encuentra allí uno de los mayores logros del Cancionero. Más que producir canciones, el proyecto «consiguió correrse de las lógicas del mercado para volver a pensar la música como una herramienta de encuentro, de circulación y de construcción colectiva». Crear juntas dejó de ser solamente una forma de hacer canciones; empezó a convertirse en una forma de acción política.
Construir desde el encuentro
Ese modo de hacer no apareció por casualidad. Detrás hubo una decisión política: generar un espacio donde la música fuera también una forma de encuentro, intercambio y organización. «Queríamos que hubiera un diálogo con el activismo feminista; que no fuera solamente encontrarse en un festival, tocar e irse», recuerda Pate Palero, directora ejecutiva de Católicas por el Derecho a Decidir. Ese espacio, dice, «de a poco fue sedimentando». Cada taller, cada ensayo y cada intento —incluso los que no salieron como esperaban— fueron «poniendo cada piedrita que va solidificando esa confianza».





Nuestra compañera Aye Vadillo, quien también forma parte de este encuentro, recuerda que esa apuesta también implicaba confiar en que era posible construir desde otra lógica. Más que llegar con respuestas cerradas, el desafío era abrir un espacio donde las canciones pudieran crecer al ritmo de los vínculos que se iban construyendo.
Con el tiempo, esa confianza fue encontrando su propia forma. «El quehacer feminista no estuvo sólo en la construcción musical colectiva o en los debates», recuerda Eloísa Coronel. «Estuvo también en las tristezas y alegrías sostenidas por el abrazo de quienes hacía poco tiempo éramos extrañas». Durante uno de los ensayos generales acababan de enterarse del femicidio de Agostina. Antes de volver a cantar, se abrazaron. La escena quedó grabada en la memoria de muchas de ellas.
La noche de La Piojera terminó condensando todo ese recorrido.
El Coro Luna Verde recibió al público desde el hall. En el escenario se alternaron murga, folklore, pop, cuarteto y cumbia. Entre un bloque y otro, las imágenes de los talleres y de los encuentros realizados durante el proceso recordaban que aquellas tres canciones —Somos Marea, El amor como bandera y Cicatriz— eran apenas la parte visible de una construcción mucho más amplia.
En algún momento del backstage empezó a escucharse una palabra que nadie había planificado.
Una identidad colectiva
—Las Cancioneras…
Así empezaron a llamarse entre ellas en los pasillos, antes de salir al escenario. Era una forma de reconocerse. Como tantas otras experiencias del movimiento feminista que encuentran un nombre para una práctica compartida, ellas empezaban a decirse Cancioneras porque ya existía algo que las unía.
«Lo de La Piojera resume lo que habíamos vivido previamente en las grabaciones, pero a macro escala. Éramos ochenta en el escenario y fue una locura compartir con todas», recuerda Paz.
Luana Ríos, otra de las músicas que acompaña el Cancionero Feminista, también vuelve sobre esa sensación: «Lo más valioso fue encontrarnos compañeras de distintas agrupaciones y reforzar que nuestra base siempre será el feminismo. Frente a un gobierno que no tiene en agenda políticas de género e inclusión, la respuesta sigue siendo la organización».
Quizá esa sea una de las principales huellas que deja el Cancionero Feminista. No solamente tres canciones originales, sino una comunidad que encontró en la creación artística una manera de construir memoria, belleza y organización política.

Una banda sonora para el Plurinacional
Rumbo al 39° Encuentro Plurinacional que este año tendrá a Córdoba como sede, esas canciones empiezan ahora otro recorrido. Ya no pertenecen únicamente a quienes las escribieron o las interpretaron. Como toda canción nacida del encuentro, empiezan a circular, a ser apropiadas por otras voces y a formar parte de una historia colectiva que todavía se sigue escribiendo.
«Para mí lo hermoso que sucede con las canciones, y que lo estamos viendo, es cuando ya forman parte del universo. Ya las hemos lanzado, ya están disponibles para la gente, y los comentarios, las respuestas, la recepción de la gente que las escucha… está siendo muy hermoso», dice Lucre Ortiz.
La presentación en La Piojera terminó confirmando algo que quizá todavía no tenía nombre cuando comenzaron los primeros talleres. El teatro lleno, las más de ochenta artistas compartiendo escenario, las distintas generaciones cantando juntas y un público profundamente conmovido no fueron solamente el cierre de un proyecto. Fueron la demostración de que las canciones habían logrado hacer comunidad.
Ese es, quizá, el mayor horizonte del Cancionero Feminista: que esas canciones dejen de ser únicamente de quienes las crearon para convertirse en un patrimonio compartido, capaz de acompañar el camino hacia el 39° Encuentro Plurinacional y seguir encontrando nuevas voces mucho después de que baje el telón.


