(re)construirnos a pesar de la crueldad y la implosión

Una mirada que conecta la crisis económica, ambiental y social con sus efectos en los cuerpos y los territorios. Frente a la implosión que repliega los malestares hacia lo privado, los feminismos aparecen como una fuerza capaz de reconstruir lo común y abrir horizontes colectivos.

Por María Mercedes Ferrero*

Foto: CDD Argentina

Foto: CDD Argentina

Este 8 de marzo, la conmemoración y la lucha nos encuentran en un contexto de profundización de la policrisis; con factores económicos, ecológicos, sociales y políticos fuertemente agravados en nuestro país de la mano de la ofensiva autoritaria y sacrificial de la actual gestión nacional. Como dice Maristella Svampa, el colapso ya está sucediendo: sucede cada día en múltiples ámbitos, empujándonos hacia un capitalismo del caos que pone violentamente en jaque las tramas de sostenibilidad de la vida (ambiente, cuidados, comunidades)1

Urgen transformaciones radicales; pero las estrategias y formas organizativas que nos hemos dado hasta el presente no están teniendo la efectividad que quisiéramos. Las relaciones de fuerza -de momento- son adversas y nos faltan autodefensas colectivas; pero además tampoco estamos pudiendo nutrir las esperanzas y perspectivas de un futuro compartido, que nos movilice a actuar a partir de una inteligencia común en nuestros diversos espacios de inscripción, militancia, trabajo. Los movimientos populares -y los feminismos como parte y motor de muchos de ellos- necesitamos repensarnos y recrearnos.

Esta crisis, de escala macro, tiene una expresión precisa en nuestros cuerpos-territorios sobre la que me interesa hacer énfasis por el agotamiento físico y psíquico que genera, y los efectos de desestructuración de nuestras capacidades políticas colectivas que conlleva. En el presente, los malestares compartidos se procesan crecientemente en un repliegue hacia “los interiores”: de las personas, familias, barrios, comunidades. Y ello modifica la gramática de la conflictividad social; que, en lugar de expresarse en estallidos o protestas públicas, se moldea a partir de lo que el Colectivo Juguetes Perdidos nombra como una implosión social2: cada una/o aguanta o colapsa hacia adentro, mientras todas/os experimentamos los efectos de una precarización generalizada -laboral, económica, habitacional, ambiental; pero también anímica, vincular y de salud mental-, producto de décadas de despliegue de una economía-política, prácticas y subjetividades neoliberales. 

Por un lado, el espiral de trabajo precario, pluriactividad y sobreocupación lisa y llanamente nos está robando tiempo vital. Solo por poner un ejemplo, un informe reciente elaborado por un equipo de compañeras del CONICET3 indica que el 73% de las/os trabajadoras/es de la Economía Popular encuestadas/os trabaja más de 45 horas semanales, alcanzando promedios de 60 horas en casos de pluriactividad y de hasta 67 horas en casos de sobreocupación. La situación no dista demasiado de la que atraviesan otras trabajadoras: una reforma laboral de hecho y extendida que transforma nuestra vida cotidiana.

Por otro lado, el despliegue del endeudamiento como mecanismo general que organiza la explotación/extracción de valor en la fase financiera del capitalismo, se consolida también como herramienta de disciplinamiento. Vero Gago y Luci Cavallero vienen alertando sobre la creciente feminización del endeudamiento doméstico -el que se destina a solventar gastos básicos como alimentos, alquileres, salud- con consecuencias claras en la pérdida progresiva de autonomía de las mujeres y una mayor exposición a violencias machistas. Insisten en que, bajo este fenómeno, la economía doméstica implica de manera cada vez más extendida un “trabajo financiero no pago” que supone en muchos casos gestionar pocos y devaluados ingresos, implicando tiempo y energía laboral en esta tarea, bajo la presión de las deudas. Una dimensión financiera, no remunerada, que se agrega al ya precarizado trabajo de reproducción social4

A la par, la crisis de cuidados expone un desajuste estructural entre una demanda creciente y una oferta precaria -por desmantelamiento y desfinanciamiento de políticas e infraestructura pública y comunitaria-, que conlleva la sobrecarga de mujeres e identidades feminizadas, y se emparenta con la profunda crisis de salud mental que atravesamos. El cúmulo de malestares, incertidumbre permanente y cansancio multiplican los casos de ansiedad, depresión, insomnio y consumos problemáticos. Padecimientos que no son individuales -a pesar de que suelen procesarse como tales- sino fenómenos sociales que erosionan el tejido comunitario y que, como mínimo, desfavorecen los procesos de participación y organización social. 

Toda esta intensificación de las dinámicas de explotación/extracción se sostiene sobre lógicas sacrificiales que subordinan cada vez más tiempo y energía vital a la exigencia económica y la respuesta frente a la precariedad. En los barrios populares, uno de los aspectos más crueles lo representa el avance del narcotráfico y su función de reorganización de la economía, las violencias y protecciones a nivel territorial. Hoy, en muchos territorios, son los “transas” los que responden ante necesidades de las familias (como la situación de un enfermo o el financiamiento para una fiesta de 15); y no es exagerado decir que mujeres que hasta ayer formaban parte activa de organizaciones sociales, “abrieron la ventana” para vender drogas y poder así sostener su hogar. 

Se entrelazan entonces un conjunto de silenciosos dramas constantes: tragedias económicas, trastornos de salud mental y enfermedades crónicas en cuerpos cada vez más ajustados y sobreendeudados, consumos problemáticos, intentos de suicidios, cansancio, agobio, hastío, inseguridades varias, violencias difusas, desafección política, agravio ambiental y un largo etcétera… que no pueden ser resueltos individualmente pero -paradójicamente- logran “privatizar” sus efectos y reorganizar nuestros tiempos para soportarlos y sostenernos desde el sacrificio.

Ante semejante escenario de crueldad, es cada vez más fácil ceder terreno a frustraciones y derrotismos. Pero si hay algo que los feminismos nos han enseñado/hemos aprendido es que las violencias (re)producen encierros; y que los malestares experimentados y gestionados como problemas personales y privados se vuelven inelaborables, desvitalizan, vulnerabilizan y terminan en los peores escenarios. El movimiento de mujeres y disidencias tiene un rol imprescindible que cumplir frente a la extensión de la implosión social, en tanto forma de reactualización patriarcal y cercamiento sobre nuestros cuerpos-territorios. Y ello requiere de una estrategia política anfibia (como la llama Rita Segato5), que trabaje a la par en la reconstrucción subterránea de la vida y las tramas comunitarias y en la organización de “máquinas militantes” que nos permitan disputar sentidos y discursos públicos, así como espacios de toma de decisiones en las distintas escalas del sistema político (local, provincial, nacional).

La mera acción superficial, visible, por más innovadora que se despliegue en términos comunicacionales o incluso metodológicos, no va a ser suficiente en este interregno de crisis de sentidos colectivos, no va a lograr convocar ni hacer frente a la desafección. Como tampoco una labor subterránea de reconstrucción material y simbólica de lo común frente al sálvese-quien-pueda, que no halle canales de expresión, escalabilidad e interpelación pública, va a ser efectiva para la transformación social. El momento sociopolítico demanda una tarea ciertamente difícil, en un contexto de escasa disponibilidad de tiempo militante y una emocionalidad política fuertemente desgastada. La pregunta es cómo podemos recuperar y ensanchar el tiempo colectivo, reconstruirnos a pesar de la crueldad, combatir la implosión y aperturar un futuro deseable para todas y todos.

Hoy es necesario crear afectividades revolucionarias, con el arrojo suficiente para enfrentar la crueldad más descarnada y no claudicar. Por eso, revitalizar y expandir la valentía y las prácticas militantes cuerpo-a-cuerpo que ayudaron a construir la radicalidad y masividad de los feminismos en Argentina, es central. Desde cada espacio de la Comunidad Organizada por más pequeño que sea, pero también como expresión conjunta en la calle y los espacios públicos; evitando caer en la mera la virtualización de las iniciativas. Es imperioso activar la escucha, multiplicar los encuentros, reinventar las celebraciones, renovar la creatividad popular y la imaginación política. 

Y, a lo largo de los años, los feminismos populares han demostrado sobrada capacidad política para hacerlo. Solo recuperando tiempo, espesura, mística y sentido militante va a ser posible caminar lo urgente y enfrentar las violencias desde una perspectiva estratégica, revolucionar las formas de luchar y hacer política. Desde esa potencia colectiva, la organización colectiva va a volver a florecer y la reconstrucción de lo común va a ganar terreno frente a la crueldad y la implosión. Allí anida la esperanza de una vida libre, digna y sin miedo para todas.

1 Svampa, M. (2025). Policrisis: Cómo entender el vaciamiento de las izquierdas y la expansión de las derechas autoritarias. Siglo XXI Editores.

2 Barttolotta, L., & Gago, I. (2023). Implosión: Apuntes sobre la cuestión social en la precariedad. Tinta Limón.

3 Quirós, J., Tomatis, K., Kenbel, C., & Perissinotti, M. V. (2025). ImpaCT.AR en economía popular – Córdoba: Segundo informe técnico de la economía popular en la provincia de Córdoba. https://idacor.conicet.gov.ar/segundo-informe-2025/

4 Gago, V., & Cavallero, L. (2020). Una lectura feminista de la deuda: ¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos!. Tinta Limón.

Gago, V., & Cavallero, L. (2025). Contra el autoritarismo de la libertad financiera. Tinta Limón.

5 Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad (2.ª ed.). Prometeo Libros.

*María Mercedes Ferrero es politóloga y Dra. en Estudios Sociales de América Latina. Militante de la organización social Trabajadoras Unidas por la Tierra (UTEP) y el espacio político Córdoba Comunidad.

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