Desde una mirada feminista y situada, el texto revisa las múltiples formas que adopta hoy la violencia. Un recorrido que conecta desigualdades globales, abusos de poder y realidades territoriales para advertir sobre la radicalización de la crueldad.

Por Cecilia Canevari*

Foto: CDD Argentina

Foto: CDD Argentina

Me dispongo a escribir con el corazón estrujado entre la rabia, el enojo y el dolor. Capaz que no sea el mejor estado para que salga un texto reflexivo, cuidadoso. O capaz que sí: saldrá de las vísceras. 

Hace ya unos cuantos años aprendí que hablar de género es equivalente a hablar de violencia. Así como también podríamos decir que hablar de desigualdades de clase, es equivalente a violencia. Y sí, claro que el racismo también lo es. Hace tiempo que aprendí que vivimos en sociedades patriarcapitalistas racistas, y que entonces podemos ver cotidianamente las diferentes expresiones de estas violencias. Son dos o tres estructuras que no se pueden analizar de manera separada, se retroalimentan, se refuerzan mutuamente. Que producen y reproducen privilegios para unos y discriminación y violencia para otres. 

Lo llamamos patriarcapitalismo racista, y es la voracidad del capital lo que mueve la crueldad y las guerras, y quienes lideran son machos que hacen un gran despliegue para demostrar sus potencias. Ostentan una masculinidad que domina, somete, violenta. 

A veces me pregunto si me estaré poniendo un poco misándrica. Puede ser. Un poco. 

Es que el mundo se abisma hacia niveles de desigualdad nunca antes conocida, un puñado de milmillonarios o ya billonarios tienen una concentración de dinero tal, que pueden incidir sin regulaciones de ningún tipo, en los destinos de las personas y los pueblos. Y son varones. 

Entonces asistimos al espectáculo de cómo se aprueban leyes que perjudican a les trabajadores/as, que afectan el medio ambiente y nuestras reservas de agua, vemos cómo se ataca a los jubilados, jubiladas y movimientos sociales. La única política pública en donde claramente se ha incrementado el presupuesto nacional es la de seguridad. Y para reprimir. 

Y los recortes son crueles hacia les niñes, personas con discapacidad, y las mujeres somos quienes una vez más ponemos el cuerpo para sostener la vida. Con los cuidados, con el tejido de tramas barriales organizativas, con los malabarismos para hacer de chicle el escaso dinero que ingresa al hogar. Una vez más el capitalismo se apoya en el trabajo gratuito de las mujeres, para multiplicar sus ganancias. 

Pero últimamente hay una radicalización y asistimos a una tremenda obscenidad de las violencias. 

Quizás porque soy abuela, estoy especialmente sensible a los ataques a las niñas, niñes y niños. Y las imágenes que hace más de dos años nos llegan de Gaza me desgarran, y uno de los primeros misiles de esta nueva guerra en Irán mató a 80 niñas que estaban en su escuela, atentas a las cuentas que la maestra hacía en el pizarrón. Y las imágenes de la crueldad se fijan en nuestras retinas que -si nuestra sensibilidad aún vive-, se humedecen inevitablemente. 

Y más imágenes, ahora de los mafiosos amigos de Epstein con niñas, tipos superpoderosos que les encanta jugar a la guerra, o viajar al espacio, pero también ir a islas alejadas para violar niñas y si son vírgenes mucho mejor. Ninguno, ninguno, ni uno de ellos está procesado por los delitos de trata de niñas o pedofilia. Al príncipe inglés lo investigan por tráfico de información, lo cual deja en evidencia que esto es mucho más relevante que los cuerpos y las vidas de las niñas. No es necesario abundar más en la descripción de este contexto mundial oscuro y tumultuoso. Y el nacional también con un presidente que hace alarde de la violencia frente a la asamblea legislativa. 

Y en territorios rurales, aparentemente tranquilos, hay movimientos patriarcapitalistas también, con el avance de las fronteras agroganaderas sobre los pueblos, sus modos de vida, el monte. 

Allí estaba, agarrándome la cabeza por lo que ocurre en el mundo y el país, cuando los primeros días de enero en el intenso calor santiagueño, sale una noticia en los diarios locales: en Quimilí, una ciudad de 18 mil habitantes en el norte de la provincia, se descubrió un grupo de 91 tipos que a través de una aplicación de celular, compraba por cinco mil pesos fotos de niñas y adolescentes desnudas. Lo descubrió y lo denunció la mamá de una de las víctimas. Y si luego ellas no accedían a un encuentro cuerpo a cuerpo, las amenazaban con difundir sus fotos. Mecanismos básicos de la trata. Y tenemos que lograr que la vergüenza cambie de bando, como nos enseña con coraje Giselle Pelicot. 

Y otra noticia espeluznante en Santiago del Estero. En 12 días del mes de febrero asesinaron a tres mujeres, todas vivían en el interior, dos de ellas en pequeñas comunidades rurales. La punta del iceberg asoma y preocupa por lo que vemos, pero también por lo que oculta.

¿Tienen algo en común la masculinidad de los Donalds o Javieres con la de los muchachos del interior santiagueño? Seguro que sí, las personalidades psicopáticas. Un yo exacerbado que busca el control, el dominio y cero tolerancia a la frustración. 

Patriarcapitalismo racista que avanza sobre la naturaleza y sus recursos, sobre los cuerpos, sobre las ideas, sobre los movimientos feministas y de la diversidad, sobre los niños y las niñas, jubilades, discapacitades, periodistas. Se propone amedrentar, abatir, desmovilizar. 

No saben que estamos agazapades para dar el salto en el momento menos esperado. 

*Cecilia Canevari es docente e investigadora de la Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) e integrante de la Comisión Directiva de CDD Argentina.

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