En el Día de la Pachamama, Lorena Monroy – lideresa indígena de la provincia de Catamarca –, nos invita a pensar el territorio como un tejido de memoria, comunidad y reciprocidad, y a alzar la voz frente al avance de la extranjerización y el saqueo.

Ilustración: Pilar Emitxin
Camino la Pacha porque un día volveré a ser tierra, polvo de este camino y memoria viva en el viento.
No, no es solo tierra: es sabiduría antigua, es el pulso de los y las abuelas que se niega a morir y es un grito que hoy se levanta desde las entrañas profundas de los cerros para desgarrar el silencio.
La Pachamama no tendrá descanso si no abrimos el pecho para protegerla, éste primero de agosto y en cada latido del monte, del cerro, de la ciudad, porque no hay forma de arrancar la piel sin lastimar el suelo…
Nuestros pueblos continúan resistiendo el avance voraz, colonial y despiadado sobre los territorios ancestrales. La lucha es por la tierra, sí, pero duele en la raíz: es por la memoria de quienes sembraron antes que nosotros, por la identidad que nos habita, por la continuidad de una cultura que se niega al destierro y por el derecho sagrado a permanecer ahí donde la vida comunitaria sostiene el aliento del territorio.
La extranjerización y el latifundio de nuestras tierras, ésa marca fría que convierte los paisajes sagrados en mercancía, cercena los horizontes y entrega el agua a manos ajenas, nos arrancan jirones de la historia.
Cuando un territorio es alambrado, vendido o saqueado por quiénes solo ven números donde nosotros vemos espiritualidad, medicina y hogares, se corta el cordón umbilical que nos une con los que ya se fueron.
Por eso lo sabemos en el cuerpo: el territorio, la carne y la tierra sangran por la misma herida. No pueden pensarse por separado.
En la comunión profunda con la Pacha, la existencia es un tejido frágil y eterno de reciprocidad. Pero cuando un cuerpo es violentado por las garras del machismo y el poder, y cuando un territorio es violado por la ambición extractivista y la extranjerización, es la vida misma la que agoniza en la disputa.
Ambas violencias hunden sus raíces en la misma maquinaria de dominación que busca mercantilizarlo todo: el monte, el agua y la dignidad de los pueblos.
No hay Buen Vivir -Sumak Kawsay- posible mientras existan cuerpos silenciados, tierras usurpadas y cerros heridos de muerte.
Por eso éste 6 de agosto salimos a las calles a sacudir la tierra, a defender los territorios, la soberanía y la vida.
Porque cuando intentan doblegar nuestros cuerpos y desterrarnos de las raíces, la única respuesta es la organización rabiosa, la ternura de la memoria y el abrazo colectivo.
Porque cuidar la tierra que nos parió es defender la carne que somos; mientras lata un cerro en nuestras venas, el territorio no se vende y el cuerpo jamás se calla.



