Del activismo libertario a las “tradwives”, especialistas analizan por qué algunas se identifican con proyectos de derecha radical “anti género”.

Desde Europa hasta América Latina, pasando por Estados Unidos, cada vez más mujeres participan activamente en proyectos políticos que cuestionan al feminismo, critican las políticas de igualdad o impulsan agendas conservadoras sobre familia, género y sexualidad.
En principio, parecería una gran contradicción. Durante décadas, la ampliación de derechos de las mujeres fue de la mano de gobiernos progresistas y movimientos sociales feministas. Sin embargo, hoy aparecen mujeres líderes en partidos de derecha radical, influencers que promueven visiones críticas del feminismo y militantes que reivindican un “feminismo liberal” basado en la autonomía individual y la independencia económica.
¿Cómo se explica esta aparente paradoja? ¿Por qué hay mujeres que apoyan discursos antifeministas o que se sienten representadas por proyectos políticos que cuestionan la agenda de género?
Las respuestas, advierten distintas investigadoras y especialistas, son complejas. El fenómeno combina reacciones culturales frente a los avances feministas, transformaciones del neoliberalismo, crisis económicas, nuevas formas de comunicación política y cambios en la relación entre ciudadanía y Estado.
Reacción antifeminista
Para Karina Bidaseca, doctora en Ciencias Sociales, investigadora del Conicet, docente de UBA y UNSAM, el auge actual de discursos antifeministas debe entenderse dentro de un cambio político global. “En un orden mundial que está vinculado al antifeminismo no es novedad que este discurso se haya instalado con mucha fuerza, sobre todo después de los años de florecimiento del movimiento feminista, que logró expandir los márgenes de derechos hacia lugares que nunca hubiésemos imaginado”, explica.
Durante las últimas décadas, los movimientos feministas impulsaron transformaciones profundas en materia de derechos civiles y reproductivos. En América Latina, Argentina fue uno de los países donde esos avances adquirieron mayor visibilidad. “Estamos hablando de la ley de identidad de género, del matrimonio igualitario, de la legalización del aborto y de otros avances importantes dentro de lo que se conocía como el progresismo”, señala Bidaseca.
La aprobación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en 2020 convirtió a Argentina en uno de los pocos países del mundo donde ese derecho fue reconocido por una ley votada por el Congreso. “Argentina fue realmente de vanguardia en ese proceso”, sostiene la investigadora.

Sin embargo, los avances en derechos también generaron resistencias: “Con la asunción del gobierno actual se instala una retórica de odio hacia el feminismo, vinculada a un nuevo modelo político e ideológico que ya venía gestándose desde hace años”, afirma.
Para Bidaseca, el fenómeno no puede entenderse sin analizar las transformaciones del neoliberalismo en las últimas décadas.“El modelo neoliberal se implantó con fuerza en nuestro país durante la dictadura, buscando erradicar los lazos sociales e instaurar una idea del cuerpo individualizado”, explica.
Pero ese modelo cambió. “Hoy lo que vemos es una restauración conservadora a nivel mundial, con un modelo económico neoliberal que implica un debilitamiento importante de las democracias y un intento de quitar derechos que supimos conquistar”.
El cuerpo como campo de disputa
La abogada Paula Avila Guillén, directora ejecutiva de Women’s Equality Center (WEC), organización que trabaja para expandir los derechos reproductivos en la región, identifica un patrón recurrente en los movimientos de derecha radical.
“Cuando analizamos el avance de la ultraderecha en distintas regiones del mundo se repite un patrón: los derechos sexuales y reproductivos suelen ser uno de los primeros terrenos donde se prueba el poder –explica–. Cuando un proyecto político busca concentrar poder o redefinir los límites del Estado suele empezar por los cuerpos históricamente más regulados: mujeres, personas LGBTIQ+ y comunidades racializadas”.
El control sobre los cuerpos fue naturalizado durante siglos, lo que facilita que se convierta en un campo de disputa política. “El debate sobre aborto, educación sexual o diversidad no es solo moral. Es una discusión sobre poder, autonomía y quién fija las reglas en una democracia”, señala Avila Guillén.
Un ejemplo emblemático de este proceso fue la decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos de revertir el histórico fallo Roe v. Wade en 2022, después de que durante casi medio siglo protegiera el derecho al aborto.
En distintos países, los discursos conservadores están vinculando el feminismo con la caída de las tasas de natalidad. “En contextos de baja natalidad o incertidumbre económica, algunas narrativas reinstalan la maternidad como deber social y presentan la ampliación de derechos como una amenaza”, asegura Avila Guillén. “La baja natalidad no tiene que ver con la ampliación de derechos, sino con condiciones materiales concretas: inestabilidad económica, aumento del costo de vida, falta de vivienda y debilidad de los sistemas de cuidados”.
Para la especialista, la solución no pasa por restringir derechos: “La estabilidad demográfica se construye con seguridad económica y políticas públicas sólidas, no con menos autonomía”.
En paralelo al avance político de la derecha radical, en redes sociales se popularizaron narrativas que promueven modelos tradicionales de género. Una de las más visibles es el fenómeno de las “tradwives”, mujeres que reivindican el rol de ama de casa y la división clásica de tareas entre hombres y mujeres.
Bidaseca advierte que este modelo suele presentarse como una elección individual, pero es profundamente desigual: “Es un modelo que solo pueden sostener mujeres de clase alta o media alta. Nunca se preguntan qué pasa con una mujer empobrecida, racializada o indígena, o con aquellas que pertenecen a las clases medias empobrecidas”.
El rol de las mujeres en la ultraderecha
Las investigadoras Carolina Spataro y Melina Vázquez estudiaron un fenómeno político y social inesperado: el feminismo libertario dentro de las filas de La Libertad Avanza, el partido de Javier Milei. El año pasado publicaron «Sin padre, sin marido y sin Estado. Feministas de las nuevas derechas». En el libro analizan las contradicciones de mujeres que militan en agrupaciones como Mujeres Liberales Argentinas, Mujeres por la Patria, Pibas Libertarias, Mujeres por la Libertad y Ladies of Liberty Alliance (LOLA).
“El mileísmo nace con una base muy masculinizada, pero empezamos a registrar un crecimiento del activismo de mujeres, incluso algunas con mucho protagonismo”, explica Vázquez. Hay referentes mujeres de la derecha en distintos países: en España, en Alemania, en Italia. En Argentina están Karina Milei, Victoria Villarruel, Patricia Bullrich.
“Comparten con los varones una crítica abierta al feminismo, pero algunas dicen que el problema no es el feminismo sino ‘el feminismo de las zurdas’. Estas mujeres suelen reivindicar una versión del feminismo centrada en la libertad individual. Para ellas la emancipación pasa por la independencia económica, el emprendedurismo y la autonomía personal”, asegura la investigadora.
“Muchas de estas mujeres promueven cursos de finanzas, emprendedurismo y networking. La idea central es que la independencia económica es el camino hacia la libertad. Para ellas el problema de la pobreza no se resuelve con políticas del Estado, sino con la capacidad individual de generar ingresos”, explica. Y parafrasea a algunas de estas mujeres: “Si te independizaste de tu padre y de tu marido pero seguís dependiendo del Estado, entonces tal vez no seas tan feminista”. En esta perspectiva, el Estado aparece como un actor paternalista que limita la autonomía individual.
Vázquez subraya que el fenómeno no puede explicarse como una simple contradicción: “Las derechas radicalizadas no son exclusivamente masculinas ni expulsan a las mujeres; por el contrario, desarrollan estrategias activas para interpelarlas e incorporarlas. Muchas veces apelan a valores como la familia, la protección o el orden social, y allí algunas mujeres encuentran formas de reconocimiento y participación política”.
“Las derechas lograron construir la idea de que el feminismo representa a una élite progresista o urbana, lo que facilita que ciertos sectores se identifiquen con discursos que se presentan como defensa del ‘sentido común’”, asegura Vázquez y agrega: “No se trata de mujeres votando contra sí mismas o contra sus propios intereses. Las mujeres no constituyen un bloque homogéneo y sus posiciones políticas están atravesadas por experiencias sociales, económicas y generacionales muy diversas”.
El feminismo como proceso colectivo
Pate Palero, directora ejecutiva de Católicas por el Derecho a Decidir Argentina, sostiene que “quienes apoyan el aborto desde una posición libertaria abrazan los derechos como prerrogativas personales asociadas al mérito y al empoderamiento individual. Niegan las brechas y las desigualdades estructurales que afectan a millones de mujeres”.
Para Palero, el feminismo implica una transformación colectiva: “Mirar con gafas violetas requiere mucha valentía, porque implica reconocerse parte de una sociedad injusta y comprometerse con procesos colectivos de cambio”.
La presencia de mujeres en cargos políticos tampoco garantiza políticas feministas.
“El acceso de las mujeres al poder es un piso indispensable para una democracia plena, pero no es condición suficiente para garantizar políticas de igualdad. En algunos casos, la presencia femenina puede ser utilizada para legitimar agendas conservadoras. En el caso de La Libertad Avanza, algunas figuras femeninas funcionan como una forma de ‘pinkwashing’, una cara femenina del patriarcado”, asegura.
Un movimiento imposible de contener
A pesar de las tensiones actuales, las especialistas coinciden en que el feminismo sigue siendo uno de los movimientos sociales más influyentes del siglo XXI.
Bidaseca lo expresa en términos históricos: “El legado intergeneracional desde los pañuelos blancos hasta los pañuelos verdes es un hecho que queda en la memoria de nuestras luchas y resistencias. El feminismo ha ampliado su agenda mucho más allá de las cuestiones de género. Es un movimiento radical que abarca desde la lucha contra los femicidios hasta las luchas territoriales contra el extractivismo y la defensa de los derechos de las mujeres indígenas”.
“Los derechos reproductivos son un termómetro democrático: cuando avanzan hay apertura institucional, cuando retroceden hay erosión democrática –asegura Avila Guillén–. El debate actual va mucho más allá del feminismo. No se trata solo de aborto o natalidad. Se trata de autonomía, igualdad ante la ley y de quién tiene el poder de decidir sobre los cuerpos y las vidas de las personas”.
Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL.


