Religión y aborto no están siempre enfrentados. Una investigadora de la UNC, junto con integrantes de la agrupación Católicas por el Derecho a Decidir, analiza el modo en que mujeres de ese credo decidieron interrumpir sus embarazos. La influencia del dogma, la construcción de discursos disidentes y la resignificación de la imagen de Dios.

Por Nadia Luna
Nota publicada por TSS – Universidad Nacional de San Martín

Agencia TSS — “Mi cuerpo es mío, ¡yo decido! Ni mi pareja, ni la familia, ni la Iglesia, ni el lugar donde estoy trabajando, ni la moral”. Jimena, de 36 años, es una mujer católica que decidió abortar a pesar de que el dogma de su religión condene esa práctica.

El relato forma parte de una de las diez entrevistas recolectadas para el trabajo “Mujeres católicas y aborto: experiencias de vida y pluralización de las creencias”, realizado por Cecilia Johnson, investigadora del Centro de Estudios Jurídicos y Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba (CIJS–UNC). Dado que la Iglesia Católica es uno de los principales actores sociales que históricamente ha contribuido al control de los cuerpos, concibiendo al aborto como un pecado y un crimen, esta investigación analiza las maneras en que las mujeres logran hacer convivir esta experiencia con su identidad religiosa.

El catolicismo tiene una influencia muy fuerte en América Latina. Según un informe de la ONG Corporación Latinobarómetro, en 2014 la cantidad de personas que se declaraban católicas en la región era del 67 por ciento del total de la población. Y esto, muchas veces, tiene su correlato en las legislaciones de cada país. En la Argentina, el aborto está penalizado salvo en los casos contemplados en el Artículo 86 del Código Penal, que refiere a situaciones en las que corre peligro la salud de la mujer o si el embarazo es consecuencia de una violación. Sin embargo, aún en estos casos, el camino es obstaculizado por motivos éticos, religiosos y burocráticos. Así, muchas mujeres continúan con el embarazo y dan a luz contra su voluntad o se ven obligadas a realizar el procedimiento en lugares clandestinos y precarios, con las complicaciones que esto acarrea. La principal causa directa de mortalidad materna es la clandestinidad del aborto y va en aumento: en 2014 murieron 43 y en 2015 fueron 55.


La criminalización del aborto resulta ineficaz a nivel legal pero sí logra estigmatizar a las mujeres que lo realizan, en muchas ocasiones, en el marco de situaciones de violencia.

“Con el trabajo apuntamos a que se empiece a comprender que la religiosidad se vive de formas diferentes, que no necesariamente constituyen un obstáculo a la hora de tener una mirada a favor de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Existen muchos análisis sobre las políticas sexuales y los discursos de las instituciones, pero había un vacío con respecto a las experiencias de mujeres creyentes que habían practicado un aborto”, le dijo a TSSJohnson, licenciada en Trabajo Social y becaria doctoral del CONICET. El trabajo fue dirigido por el doctor en Derecho y Ciencias Sociales Juan Marco Vaggione y contó con la participación de dos integrantes de la organización Católicas por el Derecho a Decidir en Córdoba: María Teresa Bocio (presidenta) y Marcela Frencia. El objetivo es que sea una herramienta que tenga injerencia política en favor de la salud de las mujeres.

Las entrevistadas son de diversos sectores sociales, edades y con trayectorias educativas y políticas disímiles. Algunas han pasado por clínicas clandestinas y otras, las más jóvenes, realizaron el procedimiento a través de medicamentos (misoprostol). En el trabajo, Johnson cita a la especialista estadounidense Rosalind Petchesky, fundadora del International Reproductive Rights Research Action Group (IRRRAG), que señala que uno de los mayores efectos de la religión no es detener los abortos, sino crear problemas de conciencia. También remite a otros autores que aseguran que la criminalización del aborto resulta ineficaz a nivel legal pero sí logra estigmatizar a las mujeres.

Necesidad y transgresión

Para dar cuenta de la heterogeneidad de discursos dentro del universo de los creyentes, Johnson utiliza el concepto de “pluralización de lo religioso”. Esto le permite visualizar diferentes grados de resistencia o liberación personal. “Uno de los obstáculos que se suelen identificar al estudiar religión y aborto tiene que ver con la asociación necesaria de lo religioso con lo conservador y de lo secular con el avance en el derecho al aborto”, explica en el estudio.

En la mayoría de los relatos, la investigadora encontró que la decisión de interrumpir el embarazo aparecía desconectada de los mandatos religiosos y se vinculaba con la necesidad de resolver una situación concreta en un contexto determinado. “Esto no significa que lo religioso no opere de alguna manera, ya que posteriormente aparecía como culpa o alivio por sentirse perdonadas por Dios. Pero, en el momento de tomar la decisión, muchas veces vinculada al no deseo de la maternidad, a condiciones de pobreza o a encontrarse en una situación de pareja violenta, primaba la necesidad por sobre la postura de la Iglesia Católica”, explicó la investigadora.


“La clandestinidad refuerza lo que se sostiene desde muchos discursos: que es un pecado, un crimen”, dice Johnson.

De esta manera, la “conciencia de transgresión a la norma” suele ser posterior. Aquellas que siguen considerando al aborto como un pecado y están en contra de su legalización, explican la decisión como un momento de debilidad moral o señalan un desconocimiento de la norma religiosa cuando decidieron abortar. Otras vinculan la manera en que la Iglesia estigmatiza el aborto como una posición patriarcal y señalan el daño emocional y psicológico que estos discursos producen en las mujeres. Andrea, de 21 años, afirma: “Vos te considerás ciudadana y el Estado te abandonó; te considerás religiosa y la Iglesia también te hace muchos prejuicios. Entonces, te sentís muy sola. De hecho, hasta el día de hoy, de no poder contarlo”.

Johnson señala que otro factor que influye posteriormente es la forma en la que se practicó el aborto. “Si es realizado en una clínica en condiciones insalubres y de maltrato, eso imprime la idea de que estás haciendo algo incorrecto. La clandestinidad refuerza lo que se sostiene desde muchos discursos: que es un pecado, un crimen. Justamente, dos entrevistadas que manifestaban oposición al derecho al aborto habían pasado por experiencias de mucha violencia en clínicas clandestinas”.

Perdonar el aborto

“Para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios, de ahora en adelante concedo a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto”, dijo el Papa Francisco a fines de 2016. Este permiso para perdonar el aborto pero la insistencia en considerarlo un pecado ha generado diversas interpretaciones. Entre las entrevistadas, algunas experimentaban cierto sentimiento de liberación, mientras que otras aseguraban que “la Iglesia no tiene nada que perdonar”. Johnson recuerda que una de las mujeres, con una fuerte práctica religiosa, aseguraba que, en todo caso, debía ser Dios quien perdonara. “Había una resistencia a que fuera un varón el que perdona”, asegura la investigadora.

Por otro lado, el momento de la confesión es señalada por algunas entrevistadas como una vivencia que genera culpa y estigmatiza. La autora del estudio señala que en las interpretaciones que se distancian del discurso de la Iglesia influye el acceso a otros discursos sobre el aborto: “Había entrevistadas que, si bien no se consideraban feministas, por haber pasado por la universidad pública habían podido acceder a otros discursos sobre el derecho al aborto. A otra le sucedió lo mismo por haber participado de un Encuentro Nacional de Mujeres”, dijo.


El candidato a senador nacional por Cambiemos, Esteban Bullrich, fue duramente criticado cuando dijo: “Ni una menos también es si hay una beba adentro… Ni una menos, porque también la están matando”.

A su vez, la pluralización de lo religioso ha permitido la construcción de teologías feministas y el surgimiento de organizaciones de disidencia religiosa. Es el caso de Católicas por el Derecho a Decidir, una organización que politiza la experiencia de abortar y la toma como una lucha colectiva desde la misma identidad católica. Sin embargo, el discurso de la Iglesia Católica se filtra de manera continua en espacios de apariencia secular y apela, por ejemplo, a la defensa de la “cultura de la vida” frente a la “cultura de la muerte”, ubicando a las mujeres como meras “portadoras” y no como sujetos de derecho.

Un ejemplo reciente de este aspecto fue la declaración del ex ministro de Educación y candidato a senador nacional por Cambiemos, Esteban Bullrich, cuando dijo: “Ni una menos también es si hay una beba adentro… Ni una menos, porque también la están matando”. En esa declaración contradecía uno de los principales reclamos del movimiento: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”.

Un Dios que acompaña

Luego de transitar la experiencia del aborto, las mujeres reformularon la idea que tienen de Dios y de la religión de diversas maneras, como un modo de enfrentar la culpa que impone el dogma. La imagen de un Dios que protege y acompaña es la que aparece con mayor relevancia. Susana, de 46  años, militante en la campaña nacional por la legalización del aborto, afirmó: “Yo hoy siento que siempre Dios está a mi lado, está siempre ayudándome en todo. Hasta en esta lucha por la despenalización del aborto… porque Dios no va a querer que vengan niños al mundo a sufrir”.

Otras señalan que ya no sienten culpa porque lo han “hablado con Dios”. Johnson explica que, para quienes se oponen a la legalización del aborto, esta instancia de relación directa con Dios es muy importante, porque a diferencia de quienes politizaron la experiencia desde un discurso de derechos, la religión constituye la única vía para reconciliar la creencia con la experiencia del aborto.

“Hay varios ejes para seguir indagando. Me parece que es novedoso lo que pudimos mostrar y que hay una multiplicidad de vivencias en este trabajo, que es exploratorio, con diez entrevistas, pero en el que ya encontramos un abanico muy amplio de las maneras de negociar y articular aborto y religión”, concluye la investigadora.